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No es por prudencia que le dicen "Sigi". Es porque “Sigifredo” resultó siempre muy largo para el poco tiempo que Sigi suele permanecer en las reuniones. Pocas veces alguien nota que se fue y solamente quienes lo quieren, perciben su ausencia. 


Sigi tuvo un plan y está dispuesto a ejecutarlo. Lo único que lo separa del éxito es la triste encadenación de los segundos. A su juicio, cada vez es más difícil llegar hasta allá, sin ser desapercibido.


Camiseta blanca debajo de una camiseta negra, zapatos con suela flexible de caucho, un gorro que oculta su larga melena y mucho valor. Sigi sale de su apartamento, llega al banco, paga la última cuota, le agradece a la señorita que amablemente lo hizo esperar y busca la calle donde un vehículo de transporte público lo lleva hasta el lugar de los hechos. 


Se identifica y un guardia de seguridad disimula que revisa el documento, pero ni lo mira. Sigi es inconfundible más por la rigurosidad de sus visitas que por su aspecto físico. El guardia no lo saluda con amistad, sino con protocolo. Un simple “adelante” le da paso.


El andamio está ahí, intacto, como si esperara el retoque final de la pintura. Sigi solamente desajustó uno de los tornillos, el menos oxidado. Hace falta un poco de fuerza para que la tabla que hace el equilibro del peso de los pintores se deslice y caigan todos. Sigi no les quiere dar el crédito de lo que considera su hazaña. Viene solo y sólo se irá. 


No les permitirá llevarse una sola gota de heroísmo y, aunque quiere pasar a la historia, no quiere que sus verdugos se lleven el crédito.


Son las seis en punto de la mañana, el sol bogotano ya comenzó a esparcir el rocío. En el campus universitario todavía quedan los recuerdos de la reunión clandestina de la noche anterior. Se repitió la palabra “sistema” con ansiedad y con esperanza. Para Sigi, todos estaban equivocados. El silencio era el precio que había que pagar. Se prometió no intentar ningún cambio de opinión, se prometió dejar de persuadir a los demás. Por eso se infiltró.


En la carta que lleva en su bolsillo hay una única explicación. En el resto del cuerpo de Sigi no hay ninguna esperanza distinta a que alguien le informe a su tía, la mujer que fue su madre en vida. Su Sigi decidió retirarse. La  ingeniería pudo haber sido su camino, pero Nubia Estela difícilmente perdonará este abandono. El duelo de su ausencia, para Sigi, fue la última motivación que lo contuvo hasta que tomó la decisión de decir, en esta carta: 


“Gracias Mamanú, te amo”


El proyectil que pudo haber quitado la vida de Sigifredo Gómez está frío. No alcanza a salir de la cintura del energúmeno que observó el desafío. El cuerpo cae solo por la genuina inercia gravitatoria. Sólo a Sìgi podrá adjudicársele su propia muerte. 


La antigua imagen del Ché Guevara ya es un cúmulo de pintura verde esparcida con aerosol, en desorden y sin estilo. En uno de los fragmentos de la última carta dice textualmente:


“Mejor una mancha verde que un asesino…”


La última carta de Sigifredo Gómez fue escrita a mano y tiene una única destinataria...
La última carta de Sigifredo Gómez fue escrita a mano

Este relato de ficción fue escrito en Bogotá, Colombia por Luis Felipe Jiménez. Ha sido registrado en dos plataformas que protegen los derechos de autor. © 2026

La fuente de la imagen pertenece al catálogo de multimedia wix


¿Quién te dijo que el pasado que viviste es más honroso que este, mi presente, para que vengas con tu soberbia a imponer tu manera de pensar?


Con este pregunta - respuesta, quiso Sara que el diálogo terminara. Vemos en sus palabras su determinación y su crudeza. Impetuosa enfrentó el argumento de Mauricio y lo dejó con pocas ganas de debatir. Sin embargo, de la discusión pasaron al diálogo porque ella tenía la información que él buscaba.


El azar quiso que cambiaran de tema en ese pasillo de biblioteca donde hablarse no es rutina, sino necesidad y cada diálogo, generalmente, se supedita a lo elemental: en el pasillo de atrás están los libros de ciencias o el baño para damas queda en la otra sala. 


Una pantalla que promocionaba las actividades culturales convocó a más personas para las manualidades con plastilina que a los encuentros semanales propuesto por una promotora de lectura cuyo objetivo esencial era reivindicar la importancia histórica de la obra de Simone de Beauvoir.  


Sara, cansada del tedio por las mismas inquietudes, prefería ser corta en cada solución, prefería resolver rápido las urgencias, pero la discusión con el visitante anónimo le despertó una rivalidad inconsciente. 


Fue la tercera vez que se vieron cuando supo su nombre. Señor Mauricio, le pareció a él demasiado formal y le propuso Mauricio o Mauro, a secas. Por supuesto, Sara no aceptó el Mauro porque no sentía que la confianza pudiera establecerse tan rápido. 


Los libros sobre medicina abrieron la puerta a la reflexión entre ambos sobre el sentido de la vida y sobre por qué cuidarse con la alimentación resultaba ser, para ambos, una más de las obsesiones de algunas personas. Ella insistió que el azúcar no era tan mala como se la estaban vendiendo al mundo y él defendió los carbohidratos. 


Fue justo el tema de las dietas lo que hizo que ambos recordaron a un familiar en cama. Se dijeron mentalmente, sin confesarlo verbalmente, que el miedo a enfermar hacía parte de las listas de sus preocupaciones. Carlos, con 20 años más de experiencia, no supo como esconder su fascinación por ese pan redondo relleno de dulce de guayaba que Sara nunca probó y que le parecía un engaño por su forma, por el círculo sin nada. 

Ambos rieron cuando Mauricio explicó que el vacío servía para que la botella de gaseosa sostuviera el manjar y el pan dude no fuera devorado por las hormigas. 


Ese man está vivo, le dijo ella. Vaya a la habitación 204 y diga en la entrada que usted es un familiar. Si le piden la cédula diga que no la tiene ahí, pero que anoten… cuarenta y nueve millones trescientos veinti cinco…


Voy a visitarlo y que me cuente él si fue verdad o no lo que se dice, realmente es la única persona viva que podría confirmar o desmentir el rumor, gracias, señorita Sara. 

Mauricio no prometió volver para contarle, pero el gesto entre sus ojos dijo lo que sus bocas no pudo: esta historia la construimos entre los dos. 


Sara dejó de visitar al enfermo y las legítimas razones de esa decisión las podrás conocer el próximo domingo con la segunda parte de la visita oportuna. Por ahora, lo que debes saber es que Mauricio llegó hasta la puerta de la habitación del moribundo, a tiempo, pero una persona no quiso que él entrara…

La visita oportuna puedes no esperarla, pero llega.
La visita oportuna es un relato de ficción inspirado en la salud humana.

Autor: Luis Felipe Jiménez. Este texto fue imaginado, escrito, redactado y corregido sin la asistencia de alguna inteligencia artificial en Bogotá, Colombia, 2026. Está registrado en una plataforma que protege los derechos de autor. Si te gusta, compártelo. La imagen fue creada con Grok AI, la IA de X.


Francisca Munay, oriunda del altiplano, millonaria por azar, resolvió dedicar su energía y su fortuna, a sus escasos treinta y nueve años de edad, a reconstruir las razones según las cuales Dios quiso que fuera ella "la responsable de su propia suerte". Nunca se sintió más sola que cuando supo una verdad...


No cometió ningún delito, no robó a nadie. Tampoco quiso ser política. Le prometieron ser líder, aunque le dijeron que se auto-denominara "lidereza". También le prometieron que de pastora podría "encarrilar mejor a la juventud". Unos lavadores de dinero le quisieron comprar el premio con una cifra que despreció, por fortuna. Le acercaron un discurso que enfrenta al hombre con la mujer y resolvió que no era ella quien debía asumir esa revancha. 


Su decisión, contrario a los múltiples consejos, fue descubrir quién había sido su madre, su padre y por qué la abandonaron. Invirtió parte de su dinero en una tras-otra-tras-otra largas investigaciones.


Cuando supo que la familia que la adoptó no eran las personas que la concibieron, dejó de preguntarse por el amor sexual y comenzó a hilar entre el miedo, la desesperanza y su mayor desafío: la incertidumbre. Donó la mitad de su fortuna a una fundación que no lleva su nombre y pellizcó relatos entre quienes conocieron el entorno de su familia adoptiva. Reconstruir el pasado se convirtió en su obstinación. Más que un hábito, lo tomó como una disciplina.


Encontró incompatibles versiones que fueron construyendo, en su agenda, un diario desordenado de teorías, hasta que comprendió que su madre biológica ya no iba a regresar. 


Esta fue la mitad del diálogo que cerró su búsqueda, tres días antes de morir, por razones que nos permitimos no compartir:


-Sumercé tranquila, es la quinta, son treinta palos y los costos del mantenimiento los asume usted, pero ella le garantiza que la criatura le nace sana, bella y sin complicaciones. La primera niña casi se nos va y ella también, pero ya después de la segunda, todos felices. Tome su decisión tranquila y me llama. Le presento a F para que le de confianza, ella es seria en sus cosas. Mire estas foticos de cuando estaba esperando la primera. La reunión con el médico y el abogado la hacemos siempre acá mismo. Nuestros horarios son de 9 a 5. Pero si gusta vamos a su casa, todo el equipo, sumercé tranquila.


Francisca Munay, Pacha, no estaba interesada en ser madre, solamente quiso conocer una verdad.


Pacha enfrentó la incertidumbre hasta el último día
Pacha enfrentó la incertidumbre hasta el último día

Cuento corto imaginado y escrito por Luis Felipe Jiménez en Bogotá, Colombia, sin la asistencia de alguna inteligencia artificial. Septiembre de 2026. Todos los derechos reservados y protegidos.

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